viernes, junio 24, 2011

El lenguaje de Mesopotamia


EL LENGUAJE DE MESOPOTAMIA, AL ALCANCE DEL SIGLO XXI
Por John Noble Wilford
El País 23 de junio de 2011, Sección The New York Times.

El lenguaje de la antigua Mesopotamia y sus dialectos asirio y babilónico se mantuvieron en silencio durante 2.000 años, pero se conservó en tablillas de arcilla y en inscripciones en piedra que se han ido descifrando a lo largo de los últimos dos siglos. Recientemente, los eruditos de la Universidad de Chicago han completado por fin el diccionario de esta lengua, de 21 tomos, tras 90 años de trabajo.
Se trata del lenguaje que Sargón el Grande, rey de Acad en el siglo XXIV antes de Cristo, hablaba al gobernar lo que posiblemente fue el primer imperio del mundo, y también es el lenguaje que Hammurabi utilizó alrededor del año 1700 antes de Cristo para proclamar el primer código jurídico conocido. Constituyó el vocabulario de la Epopeya de Gilgamesh, la primera obra maestra de la literatura universal. Nabucodonosor II supuestamente recurrió a estas palabras para aliviar a su esposa, que sentía nostalgia de su tierra natal, cuando le prometió cultivar los maravillosos Jardines Colgantes de Babilonia.
En todos los sentidos, este era el idioma para la economía, el riego de las tierras, los cargamentos de cereales cultivados y la predicción del porvenir. Los textos médicos en Babilonia daban instrucciones sobre cómo leer el hígado de una oveja para adivinar el futuro. En un congreso celebrado el 6 de junio, historiadores, arqueólogos y especialistas en antiguas lenguas semíticas evaluaron la importancia del diccionario completo, que cuesta 1.995 dólares con todos sus tomos. Pero también está disponible de forma gratuita por Internet.
¿Por qué llevó tanto tiempo terminar el proyecto? Cuando James Henry Breasted, fundador del Instituto Oriental de la Universidad de Chicago, lo inició, en 1921, preveía una serie de seis tomos que se publicarían simultáneamente en dos o tres décadas. Pero registrar las palabras y ejemplos de la utilización de las mismas en cerca de dos millones de fichas resultó ser un trabajo ingente. Anteriormente, los vocablos desconocidos o los nuevos usos de otros conocidos siempre iban saliendo a la luz en las ruinas arqueológicas. Gil Stein, director del Instituto Oriental de la universidad, dice que “es una herramienta de investigación indispensable para cualquier experto donde quiera que pretenda explorar el registro escrito de la civilización mesopotámica”.
Jerrold Cooper, catedrático emérito de lenguas semíticas en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore, Maryland, advierte que la importancia del diccionario “en ningún caso debe subestimarse”, ya que facilita el estudio “del periodo más rico de la escritura cuneiforme”.
La escritura fue inventada en el cuarto milenio antes de Cristo por los primeros pobladores sumerios de Mesopotamia.
Este fue probablemente el primer sistema de escritura del mundo; de hecho, las ciudades-Estado que surgieron en los valles del Tigris y el Éufrates se consideran la primera civilización urbana alfabetizada. El diccionario, con 28.000 palabras, ahora definidas con sus diferentes matices de significado, abarca un periodo que va del 2500 antes de Cristo al 100 de nuestra era. Curiosamente, para una obra que ha supuesto una investigación tan meticulosa, su título, Diccionario asirio de Chicago, es un nombre inapropiado y obsoleto. En 1921, gran parte del material escrito del que se disponía se atribuía a los gobernantes asirios. Sin embargo, el lenguaje esencial es el acadio.
Y el diccionario es más una enciclopedia que un mero glosario conciso de palabras y definiciones. Muchos términos con múltiples acepciones y amplias asociaciones con la historia van seguidos página tras página de información referente a literatura, derecho, religión, comercio y vida cotidiana. Hay, por ejemplo, 17 páginas dedicadas a la palabra umu, que significa día. El término ardu, esclavo, presenta un extenso material relacionado con la esclavitud en dicha cultura. Y puede que refleje o no una sociedad en la que el verbo con más acepciones era kalu, que en diferentes contextos puede significar detener, retrasar, refrenar, custodiar o interrumpir. “Cada término, cada palabra se convierte en una ventana a la cultura”, afirma Martha T. Roth, decana de humanidades en Chicago, que ha trabajado en el proyecto desde1979 y lo ha dirigido desde 1996.
Incluso una lengua muerta puede suscitar un vivo debate, como escribió en una ocasión el catedrático Matthew W. Stolper. Señala que las traducciones del diccionario “abarcan todo el espectro entre las conclusiones basadas en un conjunto inquebrantable de provocadoras pruebas y afirmaciones sobre datos escasos”.
Roth explica que el diccionario completo “proporciona la base sobre la que se construirá la especialización que venga después”, porque, añade, “nunca se pretendió que fuera la última palabra”.